Fundación de la UASD (1538)

El 28 de octubre de 1538 marca una fecha trascendental en la historia americana: mediante la bula papal In Apostolatus Culmine expedida por el papa Paulo III, el Estudio General que los dominicos venía regenteando en Santo Domingo desde 1518 fue elevado al rango de universidad bajo el nombre de Universidad de Santo Tomás de Aquino —lo que con el paso del tiempo se convierte en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Esa concesión confería a la naciente institución “todos y cada uno de los privilegios, indultos e inmunidades… que así en la Universidad de Alcalá como en Salamanca” gozaban las universidades españolas.

Este hecho no debe entenderse como mera formalidad eclesiástica: en el contexto del siglo XVI, consolidar una universidad implicaba la creación de un centro de poder intelectual, cultural y administrativo para difundir el saber en lo que entonces era la colonia. La fundación de esa universidad en Santo Domingo colocó a la isla al frente de los primeros pasos de la educación superior en el Nuevo Mundo, compañera de otras instituciones europeas en su estructura académica.

En la República Dominicana, esa fundación representa el origen más remoto de la educación universitaria formal. Con el transcurso de los siglos, el proyecto educativo colonial pasó por altibajos: cierres, interrupciones y transformaciones, especialmente durante la ocupación haitiana (1801–1822) y otros conflictos internos. En los periodos en que la institución funcionó de modo intermitente, se configuró bajo distintos nombres — Instituto Profesional en 1866, Universidad de Santo Domingo en 1914 — hasta que, tras la derrocación de la dictadura de Trujillo, en 1961 se promulgó la Ley 5778 que otorgó autonomía a la Universidad. Esa autonomía fue ratificada posteriormente mediante la Ley 131-01 en 2001. Con su evolución institucional, la UASD se convirtió en la universidad pública estatal por excelencia del país, con facultades múltiples, recintos regionales y un papel central en la vida política, cultural y educativa dominicana.

Al recordar el 28 de octubre de 1538, no conmemoramos solo la antigüedad de una institución, sino el surgimiento de un pilar de la identidad intelectual dominicana. En el ámbito educativo, esa efeméride puede servir como ocasión para que escuelas y universidades reflexionen sobre su legado, los desafíos actuales de la enseñanza superior pública, la democratización del conocimiento, las brechas de acceso y la responsabilidad social universitaria. Fomentar actividades conmemorativas — charlas históricas, debates sobre autonomía, proyectos de investigación sobre figuras destacadas como los primeros rectores, recorridos por los recintos universitarios — puede fortalecer en estudiantes y comunidad la conciencia de que la UASD no es una entidad distante, sino un patrimonio vivo que ha acompañado los destinos del país.

En lo cívico, reconocer esa fecha es también reconocer que la educación superior es pieza fundamental para el desarrollo y la justicia social. Que los derechos a la educación, la libertad académica y la cultura exigen vigilancia constante. Que celebrar ese acontecimiento no debe ser nostalgia sino estímulo para construir una universidad moderna, inclusiva, responsable y comprometida con los retos del siglo XXI. Así, el 28 de octubre no es solo un aniversario remoto: es un punto de encuentro entre el pasado y el futuro educativo dominicano, un recordatorio de que la universidad debe seguir siendo un faro de conocimiento, crítica y transformación para toda la sociedad.

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